De cómo me hice nano influencer

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Apenas el médico me diagnosticó hígado graso dejé de comer en mercados. Mi favorito era el de Los Pozos. Me gustaba ir a su patio de comida en el cuarto piso donde una china que decía: “pollo, pollo, pollo”, inclinando ligeramente la cabeza, me invitaba a sentarme en su puesto, y yo accedía sintiéndome cosmopolita, casi como Jack Nicholson en Chinatown. Nuestra relación basada en el Chop Suey y la limonada en jarra, me permitió admirar a su esposo que cocinaba en trance zen sombrío, siempre de espalda y en silencio, me permitió acompañar el crecimiento del pequeño niño trepado en el frezeer rojo, del que entretenido nunca bajaba, más tarde descubrí sorprendido que en realidad era niña, me delató una coqueta pichica en su cabello corte varón; recuerdo que defendí mi ingenuidad y falta de atención, desarrollando una teoría insustentable de que los chinos deciden libremente su identidad de género a la edad de siete años.

Me gusta ir al mercado Los Pozos porque disfruto dejarme llevar por la masa informe de rostros feos, me gusta porque me siento menos feo.

El hígado graso me inclinó hacia la comida sana y sofisticada, la abstinencia de alcohol -al que quiero regresar apenas pueda- me permitió pagar platos de restaurantes bien. Al paso de los meses adquirí el gusto de subir fotos a mis redes de los platos de comida que estaba por engullir, notando que hacemos esto porque late en nosotros pulsiones secretas: el de revelar nuestra posición socioeconómica, dejar en evidencia que no somos pobres, que somos felizmente abundantes; por ejemplo, como clase media apenas sofisticado subo fotos de la parrilla con harta carne, chorizos y chunchulises, como clase media sofisticado, subo fotos de comida internacional, fusión y vegana.

Al subir la imagen de un plato a mis redes estoy pensando en los demás, ansío que me vean comer, deseo sus likes, pero no quiero que se sienten en mi mesa. El miedo a los días de hambre que les ocurre a otros hace que yo busque restaurantes ubicados en el Casco viejo mientras evito mendigos en las aceras. El aire acondicionado en el que era el Café 24 era más aire acondicionado frente a la esquina donde niños bailan alrededor de una radio. La Burger King sabe mejor, más gringa, si la comes en el escaparate, a metros de una madre ayorea que mendiga con sus hijos. La comida es más rica y más camba en el Club social con la música de un violinista ciego mendigo sentado en la acera de la calle Ayacucho.

Hace poco vi una Charla Ted titulada “¿que tienen los pobres en la cabeza’”. La oradora, argentina, villera, reflexionaba al final de su intervención, que lo que más le espantaba de la sociedad moderna, era su incapacidad para sorprenderse de la pobreza, la naturalización de la pobreza en los espacios urbanos. Esta reflexión me golpeó en la cabeza días después cuando entraba a un cajero automático a retirar dinero, el momento justo cuando veía metros más allá a un indigente con el pene erecto, su pija rosada salía firme entre sus harapos sucios, y estaba lista para reproducirse, para expulsar información genética sobre alguna cavidad fértil. Pensé, mientras sacaba dinero para ir a comer a El aljibe –su chicharrón de lagarto es el mejor de la ciudad-, pensé, que este tipo, nosotros como él, podemos ser como una bacteria decadente poco funcional, pero aun así un instinto más poderoso que la voluntad, quiere reproducirse. Parece el guion de una película de terror. Como La cosa de John Carpenter. Mutamos para colonizar el todo, para apropiarnos de todo.

Fin

Escrito en mí Samsung J7 Prime, verano del 2019 de nuestro señor Jesucristo.

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Quiero ser padre y me sale espuma

Tengo una enfermedad degenerativa que se llama Facebook. No. Tengo una enfermedad degenerativa que se llama Licenciatura en Derecho. Tampoco. Tengo una enfermedad degenerativa que afecta a mis testículos, y no, no es porque intento hacer literatura. Quisiera que sea broma, pero estoy en tratamiento. Uso actualmente protector escrotal que me da una pinta de cyborg de polietileno. Esta dolencia solo puede detenerse si consumo colágeno de tiburón de la costa del Litoral que nos usurparon en la Guerra del Pacífico. Es el único espécimen de mar que se declara boliviano y que vive sumido en un trance patriótico nostálgico, lo que también, me parece una forma de degeneración.

Mi plan nunca fue tener hijos. Mis maneras idealizadas de realización han ido en otra dirección y casi siempre ligadas a mí mismo, es decir, estrictamente egoístas, satisfactorias a más no poder del yo, de mí, nunca del nosotros o jamás del otro. Esto puede tener su origen en el hecho de haberme criado solitario pues soy hijo único, entonces el sentimiento de filiación lo tengo plácidamente atrofiado. Es más, o por otro lado, puedo reconocer en otro varón que él sí puede ser un buen padre. Esto capaz puede ser considerado como un talento. En una oportunidad conversando en grupo en Camiri, yo cité, como casi siempre que puedo, cité a la película Garganta Profunda, uno de los tipos, uno grandote, que parecía ser imbuido de corrección, bondad, y atractivo carácter conservador, esos que solo se masturban cuando es estrictamente necesario, y nunca por el placer de excederse, él, que hasta guapo era, para los standares camireños, de piernas gruesas, dijo: ¿qué es garganta profundo? Yo hice otro chiste que siempre hago: no conoces esta película, qué poca cultura pornográfica. Me respondió contrariado: la pornografía no es cultura. Luego me golpeó hasta que sus amigos le dijeron que era hora de ir a misa. Exagero. Solo quedamos en silencio y continuamos charlando de cuando estábamos en colegio, de las borracheras que teníamos siendo jóvenes; una añoranza singular no solo particular del Chaco. Pero decía que imaginé que este joven que jamás había escuchado hablar de Linda Lovelace bien podría ser un ejemplar padre, gozaba de una constitución fuerte, su sencillez me inspiraba confianza, carecía de cinismo, lo imaginé que consideraba habitable este mundo, imaginé que no le provocaba mayor conflicto el postulado cristiano de engendrar hijos en este lugar al que fuimos expulsados del paraíso, que tampoco le quitaba el sueño heredarle el pecado original a su descendencia, como tampoco le quitaba el sueño el hecho de que si no crías bien a tu hijo su alma podría ir por el resto de la eternidad a parar al infierno ¡Por culpa mía o tuya! Puedo cargar con mi alma en el infierno. Pero con la de otra personas, no. Este tipo de cosas me preocupan profundamente. No podría hacerme cargo de un ser que depende completamente de mí, física y ni espiritualmente.

Enfermo me tocó ir al urólogo. La primera preocupación que tuve fue no permitir que se filtrara el erotismo en un encuentro de este tipo. ¿Pero cómo se hace esto? No tenía idea. Me afligía el saber si acaso podía erotizarme. No obstante rápidamente decidí que ante lo desconocido poco y nada se puede hacer, a lo sumo: ponerle el pecho, o los huevos, nunca hubo algo más literal que esto segundo. Debía comprarme un bóxer. Me sorprendí con un pensamiento: ¡Tienes expectativas de mostrarte desnudo frente a otro hombre! ¿Pero cuál es la forma correcta de hacerlo? Me ruboricé. Decidí que el bóxer debía ser una prenda ni coqueta ni ordinaria tampoco cara y menos de macho, para estar acorde con mi deconstrucción, elegí una infalible, negra, de origen brasileño.

En la primera cita el médico me hizo preguntas, ordenó análisis, sin mirarme y sin tocarme. Salí del consultorio decepcionado con la esperanza de que mejorara mi suerte en el próximo encuentro. No cabe duda de que tenía curiosidad. No imaginaba que al primer contacto tendría una erección o tendría ganas de besarlo al médico. La pregunta era, ¿es posible que sea discretamente homosexual? ¿Es cierto que late en nosotros un pulso homosexual que se reprime por miedo a la tormenta de confusión que esto puede desatar? La decisión de reconocerse como homosexual significa no solo enfrentarte a tu familia, al trabajo, a tu comunidad, sino también significa comenzar de cero, pues aprender a ejercer tu heterosexualidad requirió años de trabajo, de fracaso, de idealización, de frustración, y ahora ya grande tocaría aprender a buscar una pareja homosexual, pero si encontrar una heterosexual me ha costado un huevo, o los dos. Existen preguntas decisivas sin respuestas fáciles: ¿cómo actúo en los churrascos de mi frater siendo homosexual? ¿Qué tipos de series de televisión me tienen que gustar? ¿Puedo mirar traseros de hombres en las calles? ¿Estoy dispuesto a renunciar a mis privilegios de hombre? ¿Estoy preparado para el rechazo, la discriminación, el temor de que me golpeen en la calle? ¿Vale la pena todo eso solo para que yo pueda besar, coger, querer a otro hombre? La relevancia de asumirte como homosexual en una sociedad homofóbica estriba en que no solo cambias de posición sexual sino también de postura ideológica, la relación sexual entre personas del mismo sexo, creo es el paso satisfactorio de la decisión, la fuente de placer a través del enculaje no me resulta atractivo, puesto que he sido programado para que mi zona de placer durante el sexo se deslice exclusivamente a través por sobre la cantidad de centímetros de mi pene. La religión no tiene absolutamente nada que ver con mi libertad de si o no practicar una relación homosexual, hace muchos años, sino nunca, la religión ha ejercido una influencia consciente en mis actos.

El día que fui al urólogo me dijo que la enfermedad que tengo puede perjudicar la calidad de mi semen, por lo tanto con el paso del tiempo, con el agravamiento de mi cuadro, puedo quedar estéril. Entonces, siendo que cabe la posibilidad de que no pueda tener hijos ahora sí quiero tener uno, es decir, no quiero que la naturaleza me diga que soy incapaz de fertilizar. Es por eso que estoy dispuesto a iniciar un tratamiento para poder tener hijos solo con el fin de luego evitar tener uno. ¿Se entiende? Lógica, testarudez y orgullo humano: quiero lo que no tengo para luego negármelo. El verdadero problema es que este cuadro degenerativo puede alterar la producción de testosterona lo que ocasionaría un desequilibrio en mi metabolismo haciéndome vulnerable a enfermedades cardiovasculares, sin descartar el riesgo de afectar mi desempeño sexual, la pesadilla está servida a lo largo del tiempo.

En la práctica ahora del Stand Up Comedy se me ocurren algunas rutinas sobre el tema, por ejemplo: “Todas las mañanas me digo frente al espejo: estas en la flor de tu vida, ponte el protector escrotal, y sal a conquistar el mundo”. O también imagino que podría desarrollar el chiste en el que en la prehistoria y con la enfermedad que tengo mi esperanza de vida se reduciría aún más de la habitual.

Tenemos hijos para aburrirnos menos. Ahí encontramos una razón para nuestros disgustos y nuestras felicidades. Nos deslindamos responsabilidades y las descargamos en los hijos. Es un acto de cobardía. Delegamos el éxito no alcanzado por nosotros en nuestros hijos. Lo usamos como escudos para nuestra falta de capacidades y mejores oportunidades. Ejercemos nuestra frustrante falta de talento -el cual nos prometía vanamente una vida estimulante- a través de la paternidad.

Mi ánimo de ser padre se empaña al imaginar que no puedo asumir el control de esa escurridiza y espinosa vocación a tiempo completo llamada crianza de hijos, me resisto a aceptar con estoicismo la batalla que pueden dar seres antipáticos, fastidiosos, a los que no solo tendría que otorgarles manutención y protección sino además cariño, cuando mi inclinación espontánea sería alejarme o demostrarles formas soterradas de crueldad. Paradigmática me parece la paternidad en las novela de Tolstoi: reservadas a la servidumbre, el hijo solo está en compañía de su padre, limpio y de buen ánimo. La construcción de la paternidad como ejemplo de abnegación, nobleza, es una construcción romantizada, idealizada por la civilización moderna a través de sus manifestaciones culturizantes como el cine, la televisión, la religión, la publicidad o la psicología. En mi caso tengo la imagen mental del padre ejemplar de la mano de Charles Ingalls, no hay otro como él, pero no es más que una construcción. ¿Pero qué ocurría en la cabeza de Charles Ingalls? Qué ánimos perversos hervían en su cabeza. Es el paradigma de la familia formada por la televisión norteamericana con los que me crié: Willie Tanner, de Alf, Dany Tanner de Full House, Cliff Huxtable de El Show de Bill Cosby, progenitores sabios, sobrios, mesurados, ejemplares que ejercieron con sus existencias presencias irreales sobre mi idea de paternidad, y ahí entonces mi simpatía por padres como Ken Titus, de Titus, o Evelyn Harper, madre de Charlie Harper en Dos hombres y medio, o Lois y Hal, padres de Malcolm in the middle.

Entiendo que estas figuras paternas están más acorde con lo que sospecho es mi naturaleza, aunque tal vez esta no sea más que otra forma de construcción, romantización e idealización para poder transitar el camino fácil que me gusta, pues el meollo de todo es que prefiero que nada me cueste, prefiero el mundo ocurriendo a una distancia en la que no me exija responsabilidades, es más fácil ser un padre descontraído que uno comprometido, es mucho más fácil ser una persona sin hijos relajada sin convicciones que una comprometida. Una reafirmación de este punto es por ejemplo la publicación de este texto que no es más que uno proyección de esta descontracción. Podría trabajar este material con cuidado, documentación, edición, lo que cuesta un trabajo respetable para armar un libro decente, pero en ese proceso me extravío en la espera azuzada por la impaciencia y el aburrimiento. Es terriblemente aburrida la escritura, edición y publicación de un libro bajo la sospecha del material mediocre. El miedo real es dar la cara a la verdad.

La paternidad puede despertar formas abnegadas de tolerancia, de resignación, de la práctica de la indulgencia, de ternura, de esperanza, te despojas del cinismo porque alguien sensato quiere una legar una comunidad mejor para estas personitas que se la pasan viendo televisión. Para dejar claro, no hablo de aquel padre, pobre miserable, estúpido de tanto trabajo, que no tuvo ningún tipo de opción, cuestionarlo es una forma sádica e injusta de acercarnos. La suma de por qué tenemos hijos es compleja no soy tan estúpido como para no darme cuenta de eso, pero surgen preguntas:

¿Actualmente los padres inscriben a sus hijos en distintas actividades para mantenerlos ocupados y lejos porque perdieron el control? ¿Cómo se aprende a vivir reprimiendo la espontánea crueldad de hacerles bullying? ¿Cómo ejerzo mi virulenta acidez en personas que esperan lo mejor de mí? ¿Qué esconde el bullying que ejercen los padres frente a los no padres siendo que su paternidad fue dada de manera fortuita, es un patrón que los siendo padres accidentales se declaren la paternidad como una forma de realización?

¿Cómo se aprende a vivir con tu retoño cuando tienes fe en él, pero como éste tiene problemas de aprendizaje, decides apostar por los deportes, pero como tampoco tiene buena coordinación psicomotriz, y como tienes mierda en la cabeza decides que puede ser “mis o míster” y lo miras a tu hijo o hija que lo único que sabe hacer bien es ver dibujitos en la tele, y le hablas, John, no te hace caso, porque también es un poco sordo, y cuando finalmente se da la vuelta, te das cuenta que lo hiciste de mala gana, y es triste, pero lo abrazas y te acuerdas que esa noche le querías dar por el culo a tu esposa. Entonces solo queda inscribirlo en más cursos, en algún grupo de la sociedad en la que pueda desarrollar o descubrir o cultivar, forjar, acaso, con suerte, algún tipo de habilidad: ¿la unión juvenil cruceñista? ¿Juventudes del MAS? ¿Rotary Club?

 

Cuando tenía catorce haciendo zapping di con una serie de HBO que llamó mi atención porque en la escena se veía a un tipo hablando y renegando mucho frente a sus amigos. Casi todos eran perdedores, o habían fracasado en la vida que llevaban, divorciados, dejados, uno paralítico y otro que había tenido una operación de Próstata. Eran hombres modernos en decadencias, la masculinidad desmoronada, una visión agridulce, ácida del hombre que está más allá de los cuarenta o cincuenta. En esta serie, recuerdo que el capítulo que vi al amigo paralítico querían llevarlo a las rieles del tren en donde pondrían una moneda para que pase el tren y las aplaste, era un hobby que tenían cuando eran niños. Bueno, en una de esas charlas, el tipo que lo habían operado, decía que luego de su operación el sexo había cambiado radicalmente, que el semen se expulsaba hacia atrás, es decir, hacia la vejiga, y no a través del pene, a esto se denomina una ‘eyaculación retrógada’, o también se conocen como orgasmos secos. El tipo de la serie decía que era todo lo contrario a la sensación de gloria y placer que alcanza un hombre en el orgasmo. Yo quedé: guau. Mi mundo cambió. Me di cuenta que este mundo que estaba descubriendo a punta de paja podía cambiar y para mal. Me dije que había una carrera en contra del reloj.

Pensaba en esto aguardando en el laboratorio que me realizó la prueba que arrojaría datos de la calidad de mi esperma. Estaba emocionado pues me encontraba en un lugar donde había personas que esperaban mi masturbación para hacer su trabajo. Apenas la doctora me entregó el recipiente anotó la hora en una libreta. Pensé: mierda, me van a cronometrar, ya empezó la prueba. ¿Dónde voy?, pregunté. Me indicó el baño. ¿En serio?, pensé. Esperaba un ambiente idóneo, higiénico, sonorizado, con temperatura adecuada, con una tele que pasaba porno, o mínimo revistas pornográficas, por el contrario me vi en un baño común frío, que me costó casi treinta segundos asegurar con el picaporte, y que cuando lo conseguí, a través de una ventana se escuchaba a dos personas conversar diciendo a cada rato: miocardio. ¿Cómo te puedes masturbar si escuchas más de siete veces una palabra poco estimulante? Yo pude. Cerré los ojos. No imaginé nada. Ninguna escena sexual. Nada. Solo me concentré en mí placer. Es decir en mí mismo. Es bastante narcisista esto, pero cuando estoy teniendo sexo estoy pensando en mi pareja, pero cuando me masturbo estoy pensando en mí mismo. Es maravilloso, porque uno no pasa vergüenza consigo mismo. Es el placer puro, simple, hermoso.

Tardé tres minutos contando desde el momento en el que me entregaron el recipiente; me sentía orgulloso. Se me ocurrieron algunos chiste para desarrollar en Stand Up Comedy: “Es curioso cómo puedes hablar con una enfermera de la prueba seminal en un consultorio, pero hablar de tu semen en un boliche, podría ser considerado acoso.” “Debe ser frustrante ser urólogo y tener la pija chica. O capaz sea una de las razones por las que te haces urólogo”; “Estoy averiguando un lugar donde criogenicen mis espermatozoide, mientras tanto guardo las pruebas en la heladera junto a los licuados de guineo”;  “Sí, esta noche vine a hablarles de mi semen”.

Nada más.

El día despues del feriado

Y ustedes el desencanto diario ¿en qué lo convierten?

¿En memes?
¿En likes?
¿En comentarios en Facebook?
¿En comprar cosas que no necesitan?
¿En cerveza?
¿En drogas recreativas?
¿En sexo por internet?
¿En sexo con desconocidos?
¿En sexo con conocidos?
¿En sexo con familiares?
¿En sexo con colegas de trabajo?
¿En dios?
¿En religión?
¿En sexo con los de la congregación?
¿En grupos de Whatsapp?
¿En series?
¿En películas?
¿En telenovelas?
¿En poesía?
¿En autoayuda?
¿En música?
¿En terapia?
¿En ser complacientes con sus parejas, con todos?
¿En activismo digital?
¿En horas extras en el trabajo?
¿En mascotas?
¿En patadas a tu gato a tu perro?
¿En hijos?
¿En ser crueles con sus hijos, padres, parejas, con todos?
¿En esperanzas y en fe y en expectativas en sus hijos?
¿En los escapes abiertos de sus motos?
¿En la urgencia de comprarte o renovar un vehículo?
¿En la urgencia de pagar la hipoteca de sus casas?
¿En la urgencia de adquirir un crédito?
¿En la urgencia de comprar o renovar sus clósets?
¿En la urgencia de reprimirse en el clóset?
¿En la urgencia de cuanto antes salir del clóset?
¿En la urgencia de comprar un nuevo y mejor celular?
¿En regar dos veces al día sus plantas?
¿En lavar dos veces al día sus autos?
¿En dibujar mandalas?
¿En comprar cámaras fotográficas con poderosos equipos que luego no tienen tiempo de usar?
¿En comprar libros, discos, que luego no tienen tiempo de leer ni escuchar?
¿En lavar los platos sucios en la madrugada?
¿En lavar la ropa sucia a medianoche mientras todos en sus casas duermen?
¿En aferrarse a sus parejas por miedo a perder eso que tienen: nada?
¿En política internacional, nacional y local?
¿En videojuegos?
¿En deportes?
¿En comida?
¿En miedo?
¿En ansiedad?
¿En ira?
¿En mentiras?
¿En silencio?
¿En leer posts de Facebook?

De mi libro: “Esto no es un poema”.

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En el puente a Cotoca me senté y lloré

La otra noche mi novia me dijo: “vamos a Cotoca en bici”. Por qué no, pensé, tengo más masa muscular que ella. Triste error. Creía que hacer 1K diario para ir a comprar un 4to de pollo me tendría en forma. Error. ¿Se han dado cuenta que en Santa Cruz por cada librería que cierra abren 1000 pollerías? Cuando estaba en la U mi familia creía que yo estaba enamorado de la china que atendía Pollos Beijing 2 solo porque almorzaba y cenaba allí. No los corregía, pero no podía decirles que lo que en realidad me encantaba era imaginar que la china echaba su orín en el pollo. Yo tenía problemas entonces. Ahora son peores.

Esa noche yendo en bici a Cotoca todo bien hasta que llegamos al puente donde hay que desviar por abajo donde atraviesa el tren. Estaba oscuro y mi instinto de macho me dijo que tenía que proteger a mi pareja. Me puse alerta: mi visión se hizo infrarroja, mi rango de visión se tornó de 360 grados, el lomo se puso plateado. No sé qué tipo de machos son ustedes pero yo experimento estos cambios, se engruesa el vello corporal, mis músculos se hinchan de sangre, incluso mi pija crece unos centímetros, llega a medir hasta casi cinco centímetros.

Avanzando en la oscuridad, paralelo al puente, me di cuenta que una moto con dos tipos se acercaba detrás de nosotros. ¡Colombianos!, pensé: ¡Gonorrea! ¡Malparidos! Uno es prejuicioso, ¿no? Porque si vas por una calle y por tu acera viene un tipo de crock sucios, polera ancha y vieja, despeinado, no dices, oh, un poeta, alguien que la va mal en la vida, le voy a decir que busque trabajo y deje de vivir de sus padres. Le haré saber mi opinión, porque todos desean saber nuestra opinión, ¿no ve? Lo que hacemos es dejarnos llevar por nuestros prejuicios. Estos son más fuertes que nuestra comprometida y falsa inclusión social de Facebook: “basta de niños en la calle” “Por qué no hacen algo las autoridades”. “Por qué no dejan de parir. Que alguien reparta condones a los pobres o ligue a sus mujeres” “Yo la verdad no veo mendigos en las calles”, claro sino te bajas de tu auto con aire acondicionado… Frente a alguien de crock sucios lo que hacemos es huir. No vamos a arriesgarnos a que nos roben el celular que costó pagar no como a este flojo que no aprovecha las oportunidades que le ha dado la vida; claro como si él también fuese egresado de un colegio privado, como si sus padres también lo mantuvieron para que saque una licenciatura pagándole además sus borracheras.

…Se acercaba la moto, ¿no? Le dije a mi novia:

“Oí, adelantáte”.

Me salió el cambota macho protector de tierras bajas.

“Huye, yo me haré cargo de los orcos”.

Entonces clavé mi espada en el suelo y recé a dios para que me enviara ángeles protectores (¿Han escuchado esto? Hay personas  que creen que cuando están en situaciones de peligro, ángeles descienden para protegerlos. Eso tiene nombre, se llama: esquizofrenia). Pero como no hubo ángeles, le pedí a Yahveh que incrementara mis niveles de testosterona, entonces, mi pene creció medio centímetro más, gracias dios, casi parecía erecto. No dios, sino,.. bueno.

La moto con los supuestos colombianos pasó a nuestro lado dejándonos atrás y mi bici no trepó bien el riel del tren, y yo me saqué la mierda… Mientras caía, pasaron imágenes frente a mis ojos: me vi recibiendo la hostia por primera vez, vi a John F. Kennedy impactado por el disparo en su cabeza, vi a Evo Morales moviendo la cabeza cuando baila, vi a Pablo Fernández disfrazado de cholita creyendo que es gracioso. Vi un esperma fecundando un ojo. Vi con claridad un dedo acercándose a un esfínter.

La caída en la bici fue aparatosa e indigna.

Mi primera reacción fue quejarme ante Dios. ¿Por qué Señor desamparas a tu siervo? ¿Es por eso verano alocado que me pasé persiguiendo vacas jóvenes en el monte? ¡Era joven! ¡Y chaqueño! Bueno, sigo siendo chaqueño.

Mi segunda reacción fue putear contra mi novia, en silencio, claro: yo me gano por venir a estas mierdas, podría estar clavado en un bar, y aquí me tienes, herido, desesperado en el olvido, amor. Más daño me hicieron las canciones de Maná que todos los porrazos que me di y que todos los que me voy a dar.

Mi tercera reacción fue conectar con mi cuerpo. Me dolía la pierna. Revisé: solo me ardían zonas que no lograba identificar. Me olvidé de los supuestos asaltantes. Y hasta de mi novia. En ese momento soy yo quien más importa en todo el mundo. Solo yo y mi dolor. Hay algo que sobresale de mi antebrazo derecho. Me toco y es algo puntudo como un cuerno. ¿Qué es esto? Es un chichón, me dice ella para tranquilizarme pero más tarde me dirá que creía que era un hueso.

Mi cuarta reacción fue convertir el dolor en una crisis existencial. ¿Por qué existe el dolor en el mundo? De pronto soy aquel niño pequeño y gordo que se caía en la cancha de su barrio porque no podía comprarse chuteras y que se metía el dedo en el culo y correteaba a sus compañeras, solo porque quería amor. Na, mentira, no hacía esa mierda. Digo el fútbol. Yo jugaba ajedrez. Por eso me hacían bullying; pero entonces no se llamaba así, claro.

Nos volvimos a Santa Cruz. Necesitaba reconstruir esto que se había fisurado: mi masculinidad. No existe mejor camino para esto que llenar el estómago con comida típica servida en los agachaos Las Petillas. El resultado fue reparador, luego de un majadito con rapi me sentía rehecho, como si nada hubiese pasado. El miedo a manejar bici se había desvanecido, trepamos a estas, salimos a la plazuela del cementerio cuando nos vimos obligados a evitar una pelea de pandilleros, con petardos, gritos y todo el show, no era una escena de Martin Scorsese, sino una escena real cruceña con tipos morenos, flacos, (un gordo entre medio que no sabía muy bien que hacía ahí) adolescentes de brazos largos, cabezas pequeñas, ropas holgadas, crocks curtidos, otra vez los prejuicios ayudando en situaciones de riesgo, siempre. Mientras nos alejábamos de la plazuela del cementerio, pensé, claro: “un hombre y una mujer no perciben de igual manera la calle”.

Días previos mi novia me había dicho que fue de adulta cuando se percató de la dimensión de la fuerza que tienen los hombres, lo aprendió lamentablemente al ser víctima de un hecho violento.

Supongamos:

Es de noche: yo mujer, veo que en la calle un grupo de hombres que caminan en dirección a mí, y pienso en que me pueden acosar, secuestrar, violar, matar.

Es de noche: yo hombre, veo en la calle a un grupo de mujeres acercándose a mí, e inflo el pecho, meto panza. Y pienso que si hay suerte por ahí con alguna nos vamos a un hotel de la ex terminal, y llama a su amiga y ésta llega con su primo que es cineasta amateur y nos filma.

O sea, esto que puede ser una pesadilla violenta para una mujer, para un hombre es una fantasía pornográfica, sin duda. Esa la diferencia. Percibimos la calle de manera distinta. Las mujeres salen a la calle teniendo la sensación de zozobra y angustia que yo experimenté cuando escapé de los pandilleros. Bueno, evadí. No escapé, evadí. Lentamente, tratando de mantener mi hombría intacta.

Debates, mentiras y cultura

El escritor Saúl Montaño da sus impresiones del debate ‘Dos millones de habitantes para dos librerías en Santa Cruz’, que se llevó a cabo el 09 de junio de 2018 en la FIL Santa Cruz y que fue convocado por la escritora Liliana Colanzi y el Marica y Marginal Christian Eguez. Participaron del mismo Peter Lewy, librero; William Rojas, director del Sistema Municipal de Bibliotecas; Magela Baudoin, escritora-editora-exlibrera; y Roberto Dotti, editor de El Deber. 

Primero, y a propósito de la polvareda que en las redes sociales levantó la frase: ‘Dos librerías para dos millones de habitantes en Santa Cruz’. Me pregunto: ¿Por qué surgieron apasionados ofendidos por esta máxima? ¿Es porque se cuestiona el trabajo que han realizado y que actualmente realizan? ¿Esta frase pone en entredicho las cosas que estos defensores dicen y hacen frente a los medios de comunicación? ¿Por qué negar este hecho que evidencia un precario ecosistema literario cruceño? Pues basta pasearse por las librerías, dos o cuatro, o seis, igual es poco, para darse cuenta que cuentan con catálogos desnutridos, desactualizados; es más, algunas de estas librerías, tienen en sus estantes, ejemplares de libros viejos que están allí en el mismo lugar desde hace años; asimismo no cuentan en su catálogo con diversas novedades literarias que ocurren en Argentina, Colombia, México, España. Predominantemente, siguen ofreciendo los mismos autores con los mismos títulos como si el interés del lector cruceño se hubiera estancado en García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar o Neruda. Estos espacios de consumo cultural se encuentran anclados en una crisis compleja, atados a un círculo vicioso en la que prima una reducida demanda que se traduce en una poca y conocida oferta literaria en sus anaqueles; los libreros traen como pueden principalmente libros de venta más probable. ¿Estas dos, tres, cuatro librerías cruceñas, son suficientes para estos defensores, debido a que también sus necesidades como lectores están satisfechas; están estancados leyendo a los mismos autores con los mismos títulos de siempre? ¿O tal vez algo aún más terrible: no leen? ¿Por qué si estas personas que hicieron público su rechazo a esta frase, promueven la lectura desde su gusto por la misma, porque confían en ella, son incapaces de ver que la crítica que se hizo al sistema de lectura cruceño, conlleva que haya más libros, que se incremente la lectura, objetivos que ellos también persiguen? ¿Esta defensa conecta con esa actitud complaciente, insana, que puede también llegar a ser intolerante o violenta, y que tiene su seno en la nefasta máxima ‘defender Santa Cruz a pesar de todo’? ¿Acaso la intolerancia a la crítica radica en la soterrada defensa de lo establecido conectado con el temor a que se cuestione una institucionalidad a la que son serviles y de la que se sirven? Me cuesta creer que defienden lo indefendible de manera infantil rechazando la crítica disparando contra quien la hace, como si con una burda deslegitimación a la persona que la hace, conseguirán desvirtuar la realidad, que en Santa Cruz solo hay Dos librerías para dos millones de habitantes.

¿Una reducida cantidad de librerías es síntoma de que en Santa Cruz no se lee? ¿Vemos personas leyendo en los parques, en los micros, en las salas de espera de los hospitales, en los cafés, vemos personas leyendo en nuestras casas? ¿Cómo se lee? ¿Con libros originales, piratas, en bibliotecas, en textos fotocopiados, en el celular? ¿Actualmente se lee más que antes porque estamos conectados a través del internet? ¿Pero qué tipo de lectura es? ¿Cuenta cómo lectura anuncios publicitarios de shoppings, restaurantes, que potencian sutilmente nuestros hábitos consumistas? ¿Cuenta como lectura los miles de comentarios racistas, clasistas, misóginos, que usualmente se despliegan en algún post en el ‘Fan page’ de El Deber, que sutilmente también tienen la capacidad de reafirmar o naturalizar o exacerbar un criterio ideológico, político, social? Leer implica consumir textos que propicien la reflexión, el espíritu crítico, textos que doten de una consciencia en pos de la construcción de espíritus menos manipulables, más juiciosos.

La noche del debate mientras los panelistas se alistaban para arrancar con auditorio lleno, afuera, el grueso de la población feriante pasaba de largo, sin saber que allí dentro de esas cuatro paredes se hablaba de sus hábitos de lectura; pasaban de largo con las manos en los bolsillos por el frío, o vacías, solo algunos con libros en la mano. También ligera pasaba indiferente al debate, la presidenta de la Cámara Departamental del libro de Santa Cruz, doña Sara Mansilla.

Lo primero que me llamó la atención fue mi entusiasmo porque creí que de allí saldría con un atisbo de luz respecto a la problemática. Ingenuo. A los minutos de iniciadas las intervenciones de los invitados me di cuenta que no habría tal debate sino una exposición de la situación desde la postura que representaba cada invitado, con muy poca autocrítica, sin confrontación de opiniones; un ejercicio de validación del trabajo que realizan. El camino está más difícil de lo que pensaba, ya que si estas personas que representan sectores activos de liderazgo, de poder, de la sociedad, pues trabajan de cerca con el hábito de la lectura, y que con ellos se podría visibilizar el paso a dar en esta nebulosa,… Pero no, ni siquiera son capaces de decir que existe un problema, son tímidos, cautos, contradictorios. Peter Lewy dijo que en Santa Cruz se lee, pero ¿acaso no recordamos que hace un año atrás estaba por cerrar su librería? ¿Cómo nos explicamos esto? ¿Decidió continuar porque las ventas mejoraron? Cuando Magela Baudoin, ex copropietaria de la ya cerrada librería Trapezio –ubicada en el barrio Equipetrol- dijo que en septiembre del año pasado no ingresó un solo cliente, ni siquiera uno solo, entonces Peter Lewy, dijo que hay días que en su librería no vende un solo libro.

Otra contradicción que se oyó fue la siguiente: Lewy reconoció el apoyo del Gobierno Municipal a la Feria del libro de Santa Cruz, que sin ese apoyo no se habría realizado la feria durante todos estos años. Ok. También dijo que la alcaldía socapa la venta de libros piratas en pleno centro de la ciudad. Las dos caras de la alcaldía. Más que contradicción de Lewy es una incoherencia del Gobierno Autónomo Municipal de Santa Cruz, un ejemplo de su falta de lineamientos claros.

Respecto a la Feria del libro me parece pertinente decir que el logro de haber conseguido que se lleve a cabo este año la 19 versión, es un logro aparente, pues a mí parecer cada año que se realiza, en cada versión me va quedando más patente la impresión de que solo construyó un gran escaparate, eso y nada más; un escaparate para que se pasee la gente y vaya a ver objetos de consumo, no a integrarse, a cultivarse. De qué otra manera se explicaría su fracaso como evento si mientras la feria se celebraba con pompa en cada nueva versión, una a una, año a año fueron cerrándose librerías en Santa Cruz, demostrando así que no se forjaron lectores, que no fue eficiente el trabajo que se hizo. Fracasaron como gestores, fracasaron como libreros, fracasaron como servidores públicos encargados de fomentar la lectura, porque descuidaron lo más importante, la formación de lectores, para que sean éstos los que demande nuevos libros, para que crezcan las librerías y se abran más; no, la cantidad de visitas a la feria no es un indicador de que en Santa Cruz se lee. El rubro de librerías en Santa Cruz en estas últimas dos décadas estuvo marcado por el sino del fracaso. Fracasó: Yachaywasi, Lectura, Cunumi Letrao (pese a que tiene su stand en la feria como una muestra de nostalgia), Trapezio, y tantas otras olvidadas, y seguirán fracasando, cerrando si no hacemos algo que encuentre la manera de aunar esfuerzos que permitan avanzar con pasos seguros y no con placebos.

Volviendo al debate: William Rojas, representante del sistema de bibliotecas municipales, dejó en evidencia que el sistema de catalogación municipal es negligente, pues cuando Liliana comentó que al visitar la biblioteca central, no encontró algunos libros, entre ellos, El sonido de la H, de Magela Baudoin (premio nacional de novela 2014), William dijo que es probable que no se encuentre en el sistema de búsqueda, pero que es probable que se encuentre el libro en físico dentro de la biblioteca. O sea, que si el libro está en la biblioteca, pero no se puede acceder a él, es lo mismo que nada, entonces no está pues. La novela fue publicada en 2015. ¡Ya transcurrieron tres años y aún no está en la biblioteca municipal! La Cámara Departamental del Libro otorgó un premio a la red de bibliotecas en Santa Cruz, lo cual puede ser un síntoma de cómo los círculos culturales en Santa Cruz se lamen la espalda entre ellos a pesar de eso, a pesar de todo. Por otro lado, William dijo algo muy interesante, lo comento: dijo que en otras ciudades las Ferias de libros se realizan en parques, lo que me llevó a pensar, o él lo dijo, disculpen el desliz, no es mi interés restarle mérito a Rojas, pero visualicé que la Feria del libro de Santa Cruz podría realizarse en la plaza del estudiante, así no se cobraría entrada, así estaría más cerca del centro de la ciudad, así se podría, tal vez, ocupar los salones de la Biblioteca para presentaciones de libro, para debates, y así, y lo más importante, vitalizar la biblioteca municipal, dotarla de mayor visibilidad, protagonismo, sumarla a la Feria.

En cuanto a Roberto Dotti, editor de El Deber, me dejó la impresión de que al periódico que representaba esa noche, no le interesa la cultura. La posición de Dotti fue clara, cumplió la misión encomendada, defender intereses, cuidar su posición de comodidad y poder que le han otorgado sus patrones. Dotti hizo el gran trabajo del mensajero esa noche, dejando en claro que actualmente El Deber entiende cultura en su sentido más amplio. Pues le interesa una cultura, o expresiones culturales, que no reflexionan sobre una comunidad, que cuestionan. Por otra parte, por qué se reclama a El Deber que no tenga un espacio para Cultura cuando a medida que pasa el tiempo revela que en su crisis, Cultura no está dentro de sus prioridades. Pero por qué tenemos que exigirles, si es un medio privado que traza una vocación que está al servicio de la masa que no cuestiona, entienden cultura como mero entretenimiento, no como manifestaciones capaces de reflexionar sobre una sociedad, de repensarse así mismo, entienden dichas manifestaciones culturales como si se tratara de un espectáculo más. A veces sospecho que exigimos a El Deber como si fuese un patrimonio más de los cruceños, como si fuese una institución pública que debe a la ciudadanía, y sin embargo olvidamos que es una empresa, y que por lo tanto en el fondo lo que cuida es su interés último: hacer dinero.

Otros puntos mencionables del debate:

Magela Baudoin sugirió que los empresarios privados de la Expocruz podrían no cobrar el alquiler a la Cámara departamental del libro, con el fin ofrecer ingreso gratuito al público en general.

Ricardo Serrano, gerente de la editorial local El País, propuso que se podría crear una fundación que articule y trace objetivos que establezcan políticas de lectura. Sobre el punto, Peter Lewy indicó que la Cámara Departamental del libro tiene esa función. Ok., pensé yo, buscando sin encontrar a la presidenta de la cámara del libro entre el público presente. Asimismo, Serrano comentó un hecho vergonzoso: el Estado a su editorial suele pedir donaciones de libros cuando en otros países es el Estado el que compra libros.

 

Lo que se dijo después del debate.

En una entrevista colgada en Facebook escuché decir a Sara Mansilla que la FIL Santa Cruz es comparable a las de Guadalajara, Buenos Aires, Bogotá. Esta señora miente o percibe la realidad de manera distinta.  Una persona que desde su posición de liderazgo no realiza una lectura sensata de la realidad con la que le toca trabajar en su comunidad se convierte en un riesgo y perjuicio para la sociedad.

Un día después la historiadora Paula Peña dejó oír su voz en un artículo que tituló: Biblioteca, librerías y lectores, publicada en El Deber. Allí celebra las bibliotecas que hay en la ciudad, enumera las librerías, habla de ventas de libros que acallan el argumento de que en Santa Cruz no se lee. Pueden revisar el artículo colgado y obtener sus propias conclusiones. Algo que parece alarmante del artículo de Paula Peña es que despierta suspicacias debido a su ¿miopía, manipulación u omisión de hechos en Santa Cruz? Entonces, pregunto, si queda en evidencia esta su actitud en lo que sabemos, cómo nos estará yendo en lo que no sabemos: la historia de Santa Cruz. Ella es una de las voces historiográficas oficiales confiables mediática de la permanente construcción de lo cruceño. Pregunto ¿Esta perspectiva poco confiable que aplicó a su artículo también la aplica cuando describe la historia del oriente boliviano?

 

Lo que no se dijo en el debate.

Se me ocurre que si el Estado no está dispuesto comprar libros de la producción local para redistribuirlo en bibliotecas, podría subvencionar la producción, para que así un libro cueste no 80 bs, sino 20 o 30 bs. Es común escuchar que el cruceño no repara en gastar 300 bs en una salida a comer o a beber, pero que no compra libros porque encuentra caros los precios. No pensemos exclusivamente en esa parte de la población con poder adquisitivo sino también en familias con menores ingresos pero con necesidades de lectura que tendrían mayores posibilidades de compra si se rebajan los precios.

Finalmente, decir que en el debate se habló de la lectura dentro de la ecuación Estado, medios, editorial y librerías. Fortalezas, necesidades, vicios. En esta suma de protagonistas no se mencionó ni por asomo la situación del autor que es quien escribe el libro y debe generar ingresos para poder seguir pensando, reflexionando, creando. Quedé con la impresión de que en este complejo mundo literario el más desprotegido es el autor. Cualquier proyecto de creación de políticas de lectura –sin importar el estamento de origen- debe incluir como parte de la atención que brindará: la protección y estímulo al escritor.

Ese día al oír los martillazos

Ese día al oír los martillazos que venían de la habitación de mis vecinos tuve ganas de llorar y de que alguien me consuele. Estaba sin ropa bajo las frazadas, atenta a los golpes, cuando sonó el teléfono. Lo miré timbrar tres veces sobre el velador.

—Sí… aló -dije alargando la i y la o— tenía la cabeza cubierta por la frazada—, era Roger, lo imaginé sonriendo de pie en la calle, mientras decía que había llegado a la ciudad.

—Estoy chuta en mi habitación—dije para provocarlo. Roger rió con su voz grave que hacía que me derritiera. Bromeamos con la idea de un encuentro. Nos imaginé echados sobre la cama de un motel observándonos en el espejo del techo.

Luego colgamos.

Los martillazos cesaron y mi habitación quedó en silencio. Fui al espejo, me miré de frente y de perfil. Opté por ponerme una chompa de alpaca.  Sabía que dejaba pelitos donde me apoyara. Se me ocurrió que cuando estuviera con Víctor me le apegaría a ronronear como un gato. Llevaba seis meses saliendo con él. Lo había conocido en el trabajo, y si mis sospechas eran ciertas, lo despidieron del bufete porque se enteraron que cogimos un par de veces en la oficina cuando no había nadie: en el sofá de cuero del jefe, rodeados de expedientes, libros de derecho y códigos.

Largué el agua de la taza del baño y recordé que la noche anterior había visto en el noticiero que el termómetro marcaba 8 °C. Era la semana más fría del año. Me puse las zapatillas entusiasmada con la idea de verme afuera abrigada por el tejido de un animal altiplánico. Ya fuera, en la calle, me agradó comprobar el aire frío sobre las partes expuesta de mi piel, las manos, mis mejillas, contrastando con la sensación cálida de la chompa que abrigaba mi torso y mis brazos.

Un par de taxis pasaron: sus conductores aferrados a los volantes.

Un cacharro se detuvo. En el asiento trasero reparé que una de las cosas que me incomodaba y no me había dado plenamente cuenta era que me molestaba la costura de mi media izquierda y que el calzón lo tenía resbalado en el culo. Observé por el retrovisor la cara del conductor: un tipo de barba rala y ojos de perro enfermo. Me buscó conversación: le respondí con monosílabos. Me dije que si hubiese sido de noche no habría subido al taxi, ya que durante el día el hombre con polera del Real Madrid es menos violador que a medianoche. En mi celular marqué el número de Víctor –su departamento estaba ubicado en el segundo anillo en una zona donde hay universitarios brasileños: tipos y tipas que casi siempre hablan a gritos–, quería decirle que me esperara en el portón. El taxi se detuvo ¿Hablaba de los brasileños? Dos de ellos salían del edificio: un mulato con una tipa de piel blanca como la leche; apenas me miraron. En otras ocasiones nos habíamos visto, por eso dejaron el portón abierto.

Encontré a Víctor en penumbras. El depto despedía un olor a encierro y a sudor. Él estaba frente a la computadora con la cara hinchada, supuse que acababa despertar. Me acerqué y lo envolví con mis brazos, puse mi mejilla a la suya, me dio un beso; su aliento apestaba.

—Lavate la boca —dije. Frunció la cara rechazando mi pedido.

Continuó frente a la compu. Corrí las cortinas. Quise largarme, dejarlo allí. ¿Cuál era la razón por la que debía quedarme? Imaginé lo que sucedería después: él inamovible frente al monitor, yo poniendo en orden el depto y aún más tarde yo en la cocina preparando algo de comer.

—Che, hoy deberíamos salir —dije.

Su respuesta fue un carraspeo.

—¿Escuchaste?

—Sabés que no estoy para muchos gastos.

Callé un rato y luego, a media voz, dije:

—Yo invito, animate.

—No —dijo. —Si lo que tenés es flojera, yo voy a preparar algo de comer.

“Marica ingrato”, pensé.

—Me voy —dije. Pero no lo hice, me quedé en el sofá viendo su nuca, su espalda. Detestaba el lunar que tenía encima de su labio superior. Me concentré en ese punto que pese a no verlo lo tenía presente. Le imaginé pelitos diminutos que se inclinaban cada vez que aspiraba aire por su nariz. Estuvimos un rato así, luego se levantó. Yo me calmé un poco. Me distrajo pensar en Roger y en qué hubiese pasado si le hubiera pedido que fuera a mi depto. Después pensé en los muebles de mi habitación. En que quería cambiarlos de posición para darme un nuevo ambiente.

Escuché a Víctor freír carne en la cocina. Encendí la tele, pasaban el resumen de Divinas y Famosos, una de esas tipas desfilaba y la cámara se detenía en sus nalgotas.

Víctor trajo dos platos a la mesita del living.

—Acercate, chiquita —dijo. —Te enojás de huevadas. Se arrimó a mí, cortó un pedazo de carne, un pedacito de pan, les puso mayonesa y kétchup.

—Sos malo conmigo —le dije. Puso el tenedor frente a mi cara. Fruncí los labios como si fuera una peladita.

—Yo vengo e intento pasar un rato agradable con vos…

Di el bocado.

—…y luego querés arreglar la cosas… —Con un polvo iba a decir, ya que sabía lo que iba a pasar. Dejó el tenedor sobre el plato y me abrazó. Me amasó una teta. Se acostó sobre mí sin dejar de besarme.

—A veces me siento… Cuántas veces conversamos esta semana –le dije al oído. Y comenzó a jadear. Pensé en el hecho de que tenía los labios tibios. ¿Estaría por enfermar? Me dejé llevar. Minutos después lo aparté de mí.

—Andá bañate —dije.

—Es justo —respondió. En la tele las conductoras hablaban de un vestido Chanel que se había puesto la hija del presidente. La chica se parecía a una compañera que tuve hace años en el colegio. Comí del plato. Me eché en el sofá. Esta vez no arreglaría el depto. Ni siquiera llevé el plato a la cocina. Cuando Víctor salió de la ducha, seguí sus pasos hasta su habitación. Lo miré cambiarse: se puso jeans y sudadera.

—Oye, quiero dar unas vueltas —dijo. Apareció otra vez su voz áspera. Apagó la compu. ¿Acaso podía entenderlo? Me molesté conmigo misma por salir con un tipo de un carácter tan mierda.

—Ajá, así me llevás, tengo cosas que hacer —mentí.

En las calles y avenidas encontramos poco movimiento. Circulaban vehículos igual al nuestro que parecían perder el tiempo en un domingo al pedo. Víctor conducía y yo miraba por la ventanilla. En silencio yo había decidido que llamaría a Roger.

Avanzamos derecho siguiendo la avenida del cuarto anillo. Por el canal corría suave el agua media verde, viscosa, pensé. Le iba a preguntar a Víctor por los mendigos que se quedaban a dormir en la calle cuando llegaba el invierno. ¿Y los hombres topos? ¿Esos qué hacen?

Entramos a mi calle. Estacionamos el auto detrás de un camión de mudanza; miramos un rato a dos tipos que cargaron con dificultad una heladera.

El auto se apagó.

—¿Quién se va? —preguntó.

—No sé, los de al lado —dije, recordando los martillazos.

Los tipos bajaron del camión. Entraron a la casa.

—Me voy a quedar con vos —le dije a Víctor. Giró la llave y el auto chirrió. Este es mi novio, pensé. Estrujé las palmas de mi mano en la chompa, y miré los pelitos que quedaron entre mis dedos.

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cuento publicado en la revista Sliver of stone. Año: 2015.

enlace: 

Saúl Montaño: Ese día al oír los martillazos

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Joaquín

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Tienes los cabellos ensortijados como si fueses descendiente de afro bolivianos, lo cual no es seguro, pero es lo más probable. Tu padre nunca llegó a juntarse con tu madre; tu madre si tiene el cabello ensortijado, además de los huesos largos y hermosos de las mujeres esbeltas de piel oscura. Sus labios son gruesos como los tuyos, aunque vos sos más bien bajo de estatura, de extremidades cortas con una hermosa sonrisa de dientes blancos, que contrasta con tus mejillas y tu papada ahíta de grasa, de esos tiempos que anduviste gordo; de esos días solo queda esos dos rasgos. Te gusta andar en motocicletas; motocicletas con el escape abierto, de esas que producen un sonido grave, ronco y poderoso y que atraviesan las calles de la ciudad. Tu moto es de color negro con el nombre de la marca en letras blancas. Con ella vas al trabajo. Determinación, eso es lo que querías decir, para la vida… Vas al trabajo con la moto, la ciudad está montada como sobre un cráter. Asciendes; asciendes por una avenida hecha de cemento resquebrajado, hasta que llegas a un monumento funcional de un burro hidráulico, de esos que bajan y suben, y que bombean petróleo. Todas las mañanas a las seis y cuarenta y cinco te detienes y lo observas. A esa hora, en ese parque no hay nadie, sólo tu moto que ronronea debajo de ti y el burro de metal frente a ustedes. Tu moto no es una extensión de ti, no es tu mujer, no es tu novia, sólo es la que elijes de tu garaje. El auto y la camioneta los sacas para otras ocasiones. Hay otra moto más pequeña que utilizas cuando necesitas ahorrar combustible. La otra es la que montas cuando llegas ebrio a tu casa y tu abuela está, usualmente, despierta y te pide, ruega que no salgas, que vas hacerte daño; conducir a esa hora de la madrugada, con las luces de los faroles, con las puertas cerradas de las casas, ¡El poder!Avanzas por una avenida que conecta con la carretera, a un lado el río, al otro, el cuartel con sus uniformes dormidos. Pasaste violento. Luego despertaste en el hospital con la cabeza a punto de abrirse como un zapallo golpeado. En la cama de la habitación blanca, de sábanas frescas, estábamos esperando que despierte, dijo el taxista que te recogió de la carretera. Su moto sigue allá, dijo. Intentaste decir algo pero sentiste que la mandíbula se resquebrajaría. Conseguiste sentarte, no llevabas puesto los zapatos, te los calzaste y saliste del hospital, el taxista venía detrás de ti. Amanecía. Salió el sol cuando llegaron a la moto. Estaba escondida en unos arbustos. De tu bolsillo sacaste cien pesos y se los alcanzaste al taxista. La moto: apenas un rasguño. Subiste y aceleraste dejando al hombre junto a su vagoneta. Tomaste la avenida hacia la derecha. El dolor en el cuerpo era constante. La boca reventada por dentro. Eso sentías, pero no había sucedido nada más. El dolor de cabeza era sobre todo por el alcohol. Recordaste que vomitaste en la vagoneta, en el asiento de atrás. Lo demás era oscuridad, velocidad, madrugada. El poder diezmado, que lucha por medrar la energía de tu cuerpo. Existen responsabilidades, tu trabajo es estar junto a las bombas de la gasolinera y esperar que se asomen los clientes, sonreír, recibir el dinero, expender facturas, devolver el cambio; entregar lo que tienes que dar a las personas que sabes que llegarán y se marcharán, después de beber algo en el restaurante. Aquella vez trabajaste en perfectas condiciones hasta el mediodía, el encargado te había pedido que te marcharas, pero vos le habías dicho que a eso viniste y que te quedabas. A las doce y treinta entraste al baño y no podías orinar, la guardaste y casi te orinas en los pantalones, luego te apoyaste en el lavabo, tomaste el impulso y caíste al suelo. Te despertaste quince minutos después, saliste y en la gasolinera reinaba el calor, más allá de las sombras yacía el sol blanco y total, la carretera negra avanzaba lejos hasta una curva. Aquel fue otro día. Ahora has amanecido en la gasolinera porque has remplazado a un pendejo que no asomó al turno de anoche. Tienes el cuerpo descansado, has dormido cuatro horas suficientes en la silla. No asomaron clientes, la moto está más allá, la miras y sonríes; sabes que ahora será su día, será tu día, le dices. El encargado llega y te agradece, no, no es así, yo me tomo el día libre, porque me lo merezco, le dices. Con las manos te dice que es lo justo, un gesto extraño pero entendible. Tenés que ir a descansar, dice, cuando subes a las moto. No le respondes y arrancas. El encargado te observa porque tomas otra dirección. No te diriges a la ciudad, la carretera avanza bajo tus pues, el día será agradable, eso esperas. Viene un tráiler, ¡bam! Pasa. ¡El poder! Se aleja. Continúas. Aceleras. Tu abuela te ha dicho que tu hermana ha salido de la casa, a pasar el fin de semana en Santa Cruz, sin permiso de nadie. Estabas en el patio, bajo el parral, el olor a petilla gravitaba sobre ustedes. Te dijo que esa muchacha saldría preñada, eso dijo. Cogiste el celular y la llamaste, hola hermano, sí, necesitaba salir, me lo merezco, fue una semana dura en la “U”, sí, regresaré el lunes por la mañana. Te llamaré si sucede algo o me violan y aparezco en un canal. Su risa. Viene otro tráiler. ¡Bam! ¡El poder! Otro ¡Bam! Detrás venía un bus. Viste el rostro de una mujer observando por una de las ventanillas. Desde una colina ves el paisaje tórrido, reverberante y crees que este es el lugar donde –debes- te animarías a morir. Después de descender la sierra, giras hacia la derecha y das de lleno con un camino de tierra, la moto responde, aceleras pero sabes que hay que tomar más cuidado. Las curvas, los arenales, los baches, saltas. Después de media hora llegas a las casas. El bramido de la moto hace que ella aparezca por una de las puertas. Tiene el ceño fruncido. Luego su rostro se ilumina. Vengo a llevarte, le dices. Corre hacia ti y se detiene junto a la moto. Es temprano todavía, dice. Ingresas a la casa y hay dos extranjeros sentados a una mesa, están desayunando. Comes con ellos y te hacen preguntas en su español torpe. Maritza nos dijo que vendrías, te dice uno de brazos grandes y cabello rubio pajizo. Pero no le creímos, te dice una mujer que muestra el cutis blanco lastimado por el sol. Vos sólo te limitas a comer algo y mirar de rato en rato a Maritza que conversa con ellos en alemán, al parecer, le dice, que hasta mediodía liquidará lo que tiene pendiente y luego en español dice que saldrá a la ciudad; que necesita salir, que treinta años no se cumplen dos veces, un cambio de dígito, dice, y sonríe y te mira y te alcanza una rebanada de pan con mantequilla. Lo recibes, le das una mordida. Transcurres la mañana, recostado en la hamaca, bajo el alero, alrededor hay algunas casas construidas de adobe, detrás de ellas, en el suelo, están las fogatas, donde unas mujeres cocinan sus alimentos. Un grupo de niños se acerca a la moto y la observa curiosos. Dormitas. Despiertas después del mediodía. Maritza regresa del monte, está acalorada. La conoces desde hace veinte años. Era la vecina preciosa y que además, resultaba misteriosa porque no se le conocía padre y vivía con sus tíos. Enamorado de ella en la adolescencia, viajó a Sucre a cursar estudios y de allá, regresó con un niño de tres años. Tu seguías acá. Y ella regresó y era como si nada hubiese cambiado. Como si ella no te hubiese dejado destruido. Estoy lista, dice. Almorzamos algo en la ciudad, dice ella, extendiendo el brazo para que te levantes de la hamaca. Tu cuerpo está pesado, quisieras quedarte allí, dejar que las sombras del monte te devoren, que Maritza te deje donde te encuentras. Su voz es dulce y es una de las muchas cosas que te gusta de ella. Parten en la moto, su cuerpo detrás del tuyo. Salen a la carretera y ella conversa sobre su trabajo de las semanas que pasa encerrada allí. De la pareja de alemanes; que en ocasiones discuten y ella tiene que hacer de mediadora. Vos por la velocidad, sólo escuchas frases aisladas y de allí sacas tus conclusiones. Son las tres de la tarde cuando llegan a tu casa. Ella desmonta y le pides que abra el portón. En la habitación le dices que puede tomar una ducha. Yo voy y traigo comida, le dices. Ella no ha parado de hablar. Regresas con pollo y una botella de coca cola, la encuentras recostada en la cama, vestida con un short amarillo y una blusa rosada. Comen. Ahora está en silencio. Le has hablado a tu hijo, le preguntas. Sí, lo he hecho, responde ella, está bien, acota. Quisiera descansar un poco, dice después de comer, y se recuesta en la cama. Vos te acuestas en el suelo, te quitas los zapatos, desabrochas el cinturón y permaneces así. Una hora después escuchas la puerta de tu habitación, es tu abuela preguntando por ti. Tu hermana me ha llamado, dice. ¿Está bien?, preguntas. Sí, responde ella. Es una mujer dura, pero permisiva, que casi no sale de casa. Permanece debajo del parral, sentada, atenta a la radio. Vino a buscarte Ronalito, dice, dándote la espalda. Llamó Ronald, le dices a Maritza, que está sentada en la cama encendiendo un cigarrillo. Cómo puedes fumar eso, le preguntas. ¿Quién? Pregunta. Ronald, vivía en la otra cuadra, era bajo… No lo recuerdo, dice ella y pregunta: ¿no quieres?, ofreciéndote, cuando se acaban los cigarros que compramos en la ciudad, en el campamento lo único que se encuentra es este que fuman los comunarios. Le das una pitada, es demasiado fuerte, dices. Ella ríe, te lo pide y se acuesta en la cama. Creo que me voy a bañar, le dices. Es lo mejor, por si no te lo han dicho hueles a diésel, y escuchas nuevamente su risa. El trabajo, el trabajo, dices abandonando la habitación con la toalla en la mano. Media hora después regresas. Maritza está conversando por teléfono. Ya salgo, dice, yo me salgo. Te vistes, te secas los pies y te acuestas en la cama. Piensas decirle que nadie la ha llamado para felicitarla. Era, dice entrando a la habitación, una amiga que trabajó con nosotros, la invité para que se nos una en la noche. En el patio ya no se siente el calor. Salen, traes unos sillones y se sientan, tu abuela aún no ha encendido las luces, está en la cocina y esa luz cae sobre el vaciado del patio. Conversan sobre su trabajo: pagan bien, dice. Vale la pena estar aislada durante semanas, dice. Lo máximo que estuve fueron dos meses y sólo salíamos al pueblo para comprar provisiones. Aprendí a coquear, dice, me daba asco… Permanecen en silencio. Ahora se hizo la noche, apunta. Sí, asiente ella. Casi no hay mucho de qué conversar, piensas. Mucho más tarde del garaje sacas la camioneta, Maritza se comide a cerrar el portón. Vamos a dar unas vueltas, dices, y de allí nos instalamos en algún boliche. Recogen a Ronald y a la amiga. Llegan a la avenida principal, la que conecta con la carretera y aceleras, oprimes el acelerador, todos sonríen nerviosos porque están en una zona todavía urbanizada. Atraviesan el puente, por un momento se siente el río bajo ustedes, luego, el cuartel a la izquierda, no tardan en llegar al lugar donde sucedió tu accidente. Detienes el auto y dices, aquí me saqué la mierda. Cuentas cómo el taxista te había dicho que había llamado desde tu celular al último número marcado gritando que al parecer, vos estabas muerto, y ríes. Maritza al oír tu risa, dice, Joaquín, no es para reírse y luego calla. Giras en U y dices: showtime… Ocupan una mesa en el boliche aún vacío. Traen las cervezas. Ronald está interesado en Maritza lo puedes ver porque es con la única que no conversa. A la mesa se han acoplado dos amigos más, uno de ellos no deja de cantar. Salen también a bailar. Piensas que mañana tienes que llevar a Maritza a su trabajo; que hay que aprovechar la noche. Te hubiese gustado que se quedaran en tu habitación, encerrados, conversando. Han pasado las horas y es entonces que te escuchas contar cómo no te dejaron competir en la carrera organizada por el municipio. Dices que llegaste borracho a la partida y te colocaste en una categoría que no era la de tu moto. Cuentas como vino un paco y te pidió que abandonaras la pista, eso me dijo el muy marica, dices. Para lo que me importaba, dices, sin embargo callas, no cuentas que te habías preparado y que habías comprado el equipo, el traje, el casco, las botas, bien que te quedaban frente al espejo. Callas también que hiciste traer de Santa Cruz gasolina de avión (o por lo menos eso te dijeron) y que probabas la moto en las calles, en las madrugadas de la ciudad y que cada vez que rebasabas algún auto desvelado, decías: ¡el poder! Y lo dejabas atrás. El amigo que no ves hace años está a tu lado. Lo miras e inclinando la cabeza le dices, yo trabajo bien. No sabes por qué dices esto y callas, dices, pero… yo te digo, no piensas en lo que vas a decirle, no ingreses, si alguna vez te ofrecen, dices, no te metas, dices, yo lo hago por mi hermana, dices, no se puede salir, dices, tienes los ojos acuosos y la garganta se hace un nudo que se desenreda sólo cuando hablas. Te escuchas contando que tu padre se dedica a esto; que fue él el que te puso a trabajar en el surtidor, mi familia es de Yacuiba. Allá, dices, mi familia es respetada, dices, y mientes, continúas mintiendo. Aunque no es del todo falso, que tienes garajes en pocitos argentino, en Paraguay, con muchos vehículos… Y de pronto, callas, te levantas, querías darle un sano consejo a éste, tu amigo, te has levantado y estás caminando hasta el baño pero, te tambaleas. Maritza aparece de pronto, te has levantado y estás caminando hasta el baño, la tienes demasiado cerca, sería fácil, riesgoso, acercarse y besarla. Te haces o se hace a un lado y caminas hasta el urinario. Sales y Maritza sigue allí, se apoya en ti, está borracha, sí, hoy voy a faltar al trabajo, dice, está borracha, te dices a vos mismo. Tus dos amigos toman su rumbo, sólo a Ronald dejan en su casa. Maritza ahora está en silencio y permanece así hasta que están en la habitación, ella recostada, apenas y se ha quitado los zapatos, vos estás en el suelo. Joaquín, escuchas que dice, vos sos feliz… calla, en la moto, digo, sos feliz allí. Te sientas y la observas. Sí, respondes. Nuevamente te reclinas y en el suelo sabes que has mentido que la verdad es que pocas veces se es feliz, por ejemplo, ahora, te gustaría decir, por la mañana, cuando fui a recogerte, cuando saliste de la pequeña casa y yo te dije: he venido por ti y vos sonreíste y yo sonreí, también, allí.

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cuento publicado en la revista Letras Libres como adelanto del libro: Voces -30, Nueva narrativa Latinoamericana.

enlace: http://www.letraslibres.com/blogs/simpatias-y-diferencias/adelanto-voces-30-nueva-narrativa-latinoamericana

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